Bañaos sin traje de baño

Si el nudismo es pecado, Sylt es la capital del pecado. Si el nudismo es una filosofía, Sylt es la Koenigsberg de la Weltanschauung del naturismo, que encontró aquí -hace ya más de cien años- su Kant.

Si el nudismo puede ser considerado como una ideología, o como un medio de lucha contra la sociedad burguesa y capitalista – lo cual no es seguramente-, el Marx del naturismo debió de estudiar en Sylt, en esta isla del Mar del Norte en Alemania siempre batida por los vientos que llegan de Groenlandia, sin encontrar obstáculos a su impetuoso avance. Y si el nudismo es una religión, Sylt es su Meca.

Un naturista que se precie de tal no puede contentarse con broncearse integralmente en las playas reservadas a los nudistas en Francia, en Yugoslavia o en Holanda. No puede contentarse con las playas “mixtas” de Escandinavia. No puede vanagloriarse de haberse tumbado al sol sin bañador en las caletas secretas de Ibiza o en las -no tan secretas- de Rodas, Mikonos y muchas otras islas griegas.

No, un verdadero naturista debe haber hecho una peregrinación a Sylt, para remontarse a los orígenes del movimiento nudista, esta pasión (o ideología, o filosofía o Weltanschouung) que va arrastrando a un número cada vez mayor de personas.

Ocho millones de alemanes -y, junto con ellos, centenares de millares de franceses, de ingleses, de holandeses, de escandinavos, de suizos, de austriacos y de yugoslavos- están inscritos en los círculos nudistas o eligen el lugar de sus vacaciones preguntándose si podrán bañarse desnudos por completo.

En Alemania hay agencias de viajes especializadas en la organización de cruceros para nudistas. Y las más grandes compañías de viajes, alemanas y escandinavas, indican en sus folletos de propaganda, con tres letras (FKK), los lugares en que se puede tomar el sol sin traje de baño. FKK significa Frei Körper Kultur (libre cultura del cuerpo), o sea, nudismo. Y ha de ir a Sylt todo el que quiera conocer los orígenes del nudismo y la historia de la FKK.

Numerosos congresos se han dedicado ya al nudismo. El primero se celebró en Koversada (Yugoslavia), en la primera semana de Agosto de 1972, con la participación de delegados procedentes de veintiún países. El más reciente tuvo lugar, en los últimos días de Julio de 1976, en una isla del Rin, cerca de Maguncia, en el cual se discutió sobre la cooperación entre los nudistas profesionales y aficionados, o sea, entre las personas que forman parte de un círculo de naturistas y las que se bañan -y que son la gran mayoría- sin ropa alguna, pero que no piensan en inscribirse en una asociación de nudistas. Pero si estas asociaciones pudiesen abarcar también a los nudistas “diletantes”, su peso sería enorme. Y es fácil imaginarse las consecuencias que podría tener una acción de sabotaje turístico de los mismos contra un país que se negara a reservar algunas playas a los nudistas.

Durante el congreso celebrado en Alemania, un sacerdote luterano dio la bendición a los naturistas, de la misma forma que lo hiciera antes un sacerdote inglés, Donald Sheriff, párroco de la iglesia de St. Mary Cray, en las afueras de Londres, quien, en 1970, habló sobre el tema El nudismo y el pecado original en el Paraíso terrenal, durante el XII festival de los naturistas ingleses.

Por el contrario, en 1972, el obispo de Pola (Pula), monseñor Milovan Viekóslav, prohibió a sus sacerdotes dar la bendición a los delegados asistentes al congreso naturista de Koversada.

(Tal vez se pregunte alguien cómo se las arreglan los delegados de un congreso de nudistas para llevar los distintivos que indican su nombre y el de su país. Desde luego, no pueden ponérselo en el ojal. Ni prendérselo en la chaqueta o en el vestido con un alfiler. Pero la solución del problema es fácil, como ha mostrado un programa de la televisión alemana en Maguncia: los delegados asistentes a los congresos naturistas llevan un collar, del que cuelga un medallón en el que se indican sus nombres y los países representados por ellos).

“Os lo encarezco: bañaos sin traje de baño. Única prenda tolerada: una cofia para proteger los cabellos de las señoras. Pero ninguna ropa encima. Hasta la más sutil camisa hace menos eficaz la acción de las olas, que deben calear todo el cuerpo en igual medida. Además, es peligroso salir del agua con ropas mojadas y conservarlas en el cuerpo después del baño”.

Esto escribía un médico de Sylt (L.O.Jenner) en 1850. ¿Fue él el padre del nudismo? Lo cierto es que todos siguieron sus consejos. En 1885, cuando se inauguró en Sylt el primer establecimiento de baños, muchas personas llegadas a la isla para la “cura de las olas” renunciaban al traje de baño.

“Se sube en una carreta de dos ruedas, en la que se encuentra una caseta, donde se puede uno desnudar, y el caballo tira de la carreta hasta la playa; mejor dicho, entra en el agua poco profunda. De tal modo, al salir de la caseta y utilizar una escalerita, el Kurgast puede bajar al agua. O bien, si no sabe nadar, es atado con una cuerda y se hace salpicar por las olas sobre los peldaños más bajos de la escalerilla. Hombres y mujeres se pasean perfectamente sin el bañador, al objeto de hacer más eficaz la acción de la marea en sus cuerpos”.

Así escribía en 1862, el cronista de un periódico de Flensburg. Y no añadía -porque en aquel tiempo era inútil añadirlo- que las señoras y los señores iban a la playa por separado, o sea, que para las señoras había zonas reservadas y lugares cerrados (Damenbäder), en las que estaban al resguardo de las miradas indiscretas.

O bien “los sexos eligen horas distintas para ir a bañarse”, como escribía otro cronista, queriendo dar a entender que hombres y mujeres no iban a la playa a la misma hora.

Para las señoras el rito del baño nudista era más bien complicado, ya que no podían correr el riesgo de que las vieran los carreteros a los que estaban confiadas las carretas-casetas. Por tanto, la parte anterior de la caseta iba protegida por una pequeña empalizada, que impedía al carretero ver la escalerilla de la que se servía la señora para bajar hasta el agua. Y el carretero había de permanecer de espalda al mar, hasta que la señora volvía a entrar en la caseta y le daba la orden de regresar al hotel.

Ante al Damenbad ondeaban al viento banderas rojas; y sólo el director del establecimiento de baños y el médico de turno podían entrar en la zona dedicada a las señoras, las cuales, cuando llegaba el director del establecimiento ya estaban vestidas.

Sylt, cuna y patria del nudismo. Más tarde en otros países se hizo propaganda del nudismo no por razones de salud (o sea, no para el “tratamiento por las olas”), sino por motivos ideológicos. “El hombre debe volver a la Naturaleza”, se predicaba, citando a Rousseau.

Y dos médicos franceses -el doctor Durville y su esposa- se convirtieron en los apóstoles del naturismo, invitando a sus amigos a pasar las vacaciones en los bosques, en los cuales debían seguir un régimen estrictamente vegetariano y renunciar a las bebidas alcohólicas, a los cosméticos e incluso a las ropas corrientes. O sea, que había que vivir como Adán y Eva.

Las primeras colonias naturistas fueron fundadas en Ascona, Suiza -a las que no tardaron en aficionarse, después de la Primera Guerra Mundial, muchos rusos blancos- y en la Île du Levant, muy frecuentada todavía por los nudistas franceses e italianos, los cuales van en cueros vivos no sólo cuando pasean por la minúscula playa -y por las numerosas rocas- de la isla, sino también cuando deambulan por el pueblo, donde visten sólo el minium, un triangulito de ropa, que ha inspirado al creador de la tanga. (Pero la tanga incluye, al menos, sostenes: el minium, no).

En 1910, Richard Ungewitter fundó la primera asociación europea de nudismo. Se llamaba Treuebund für aufsteigendes Leben, nombre que podríamos traducir por “Pacto de fidelidad para un mejoramiento de la vida”. En pocos años, la asociación reunió unas cincuenta sedes en Alemania, Austria y Suiza, donde los naturistas se exhibían desnudos tanto en verano como en invierno, dando incluso largos paseos por la nieve sib ropa alguna encima. Este exhibicionismo provocó furiosas reacciones. Hubo campesinos que asaltaron los poblados naturistas amenazando con apedrear a los naturistas -como ocurría en Bretaña muchos decenios más tarde, e incluso en 1975, año en que los campesinos bretones atacaron a los nudistas-. Y hubo demandas y procesos a los que puso fin el estallido, en 1914, de la Primera Guerra Mundial.

Después de la conflagración, el retorno a la Naturaleza se hizo popular en Alemania y Austria, o sea, en los países que habían sufrido muy duramente a causa del conflicto. Se multiplicaron las asociaciones de naturistas, que fueron silenciosamente estimuladas por los nazis, los cuales, erróneamente, veían en el naturismo un movimiento ideológico, en contraste con las ideologías de la Iglesia.

En consecuencia, Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo y de la SS, hizo promulgar un decreto con el que se prohibía el nudismo, pero en el cual se establecía que las autoridades policiales y los magistrados no podrían proceder por iniciativa propia contra los nudistas, sino que debían imponer multas y condenas sólo si los nudistas eran denunciados por un ciudadano. Por lo demás, el decreto establecía que las autoridades no debían tomar en consideración las denuncias presentadas por personas de las cuales pudiese sospecharse que eran, por cuestión de principios, contrarias al nudismo. O sea que, en la práctica, tal decreto autorizaba el nudismo. Y, en efecto, mientras duró el régimen nazi, ni un sólo alemán fue condenado por nudismo. Y, ¿cómo habría sido posible pronunciar condenas, en vista de que no se podía tomar en consideración la denuncia presentada por un sacerdote o por una señora anciana, o sea, por personas de las cuales se debía considerar que eran, por sus principios, contrarias al naturismo?

En 1945, los aliados derogaron todas las leyes nazis, pero se olvidaron de este decreto, emanado de Himmler. Y, así, el nudismo siguió haciendo adeptos, determinando la creación de miles y miles de saunas “mixtas”, donde – incluso hasta en los pueblos- hombres y mujeres toman juntos baños de sudor, vestidos sólo con la piel. Y se muestra gran tolerancia hacia los nudistas, que invadieron, primero, las playas -siempre, sin pedir permiso-, y luego, hasta los parques de las ciudades alemanas.

Muchos burgomaestres reservan las piscinas municipales a los nudistas un día o dos a la semana. Y hay ciudades -como, por ejemplo, Hamburgo- en las que los nudistas tienen continuamente a su disposición una gran piscina.

Los nudistas no escandalizan ya a nadie. Y si en Sylt ya se dice -y no en son de broma- que “quien se pone el bañador no escandaliza a los nudistas”, en las ciudades alemanas la tolerancia respecto a los nudistas alcanzó límites casi insuperables durante la oleada de calor de julio de 1976, cuando, en muchas ciudades, los alemanes fueron a bañarse, desnudos, en las fuentes y en los pequeños lagos de los parques. Salían de las oficinas para el descanso del mediodía, se iban al parque más cercano, se desnudaban y se zambullían en el agua, completamente desnudos.

Nudistas en la ciudad, sólo podrían encontrarse en Berlín antes de la citada oleada de calor. Nudistas en estado bravío, no nudistas escondidos tras las empalizadas de un círculo para nudistas; no nudistas en las saunas y en los baños turcos, donde hombres y mujeres están vestidos sólo de sudor. No; hablo de nudistas en la ciudad, que podían meterse en el agua sin traje de baño en uno de los más conocidos lagos del interior de Berlín Occidental: el Grünewaldsee, que se encuentra en el barrio más elegante de la ciudad.

Es como si en París pudiera uno ver mujeres y hombres desnudos en los jardines de Tullerías o en el Bois de Boulogne. Es como si en Londres fuese lícito meterse en el agua sin bañador en la “Serpentine” o en otros lugares de Hyde Park. Es como si en Roma los nudistas se dieran cita en el parque de Villa Savoia, en espera de poderse bañar en la Fontana de Trevi.

El burgomaestre de Berlín no sólo ha autorizado a los nudistas a frecuentar las playas del Grünewaldsee, sino que ha rogado al jefe de Policía que envíe a cuatro agentes a caballo para vigilar a los nudistas y protegerlos contra eventuales ataques por parte de los “textiles”, como llaman en Alemania a las personas que (aún) se ponen bañador cuando frecuentan las playas.

Más peligrosos aún podrían mostrarse los “toros”, o sea, los trabajadores extranjeros -en su mayoría, turcos, así como también griegos, paquistaníes e italianos-, que van al Grünewaldsee para admirar a las nudistas. Vestidos de oscuro, a menudo con corbata, se sientan en los bancos o en los troncos de los árboles y permanecen horas y horas con los ojos clavados en las mujeres desnudas. Y tal vez piensan en sus pueblos nativos, donde los hombres se excitan cuando ven a una muchacha con minifalda.

No todas las nudistas son bellas. Todo lo contrario. Pero hay alguna graciosa muchacha que se desviste con serenidad y permanece en la playa completamente desnuda, en tranquila contemplación de las gaviotas y de los patos salvajes, de los abedules y de las encinas rojas. Y no parece advertir las inflamadas miradas de los “toros”. A lo largo del lago corre una avenida a la que van a pasear loa habitantes del Grünewald. Y ocurre a veces que ignorantes viejecitas tropiezan literalmente con parejitas desnudas, abrazadas en la hierba. Pero no se extrañan. Ni se escandalizan los padres cuando sus hijos se ven obligados a contemplar toda aquella carne oreada al sol.

Hasta ahora se ha impuesto una sola multa, y fue a un jovenzuelo que llevaba una liebre cogida con una correa o traílla. Pero por maltratar al animal, no porque había llegado completamente desnudo, hasta un vecino restaurante, donde se había sentado en una mesa al aire libre y había pedido una cerveza. Y una sola vez ha tenido que intervenir la Cruz Roja con una ambulancia para auxiliar -aunque llegó demasiado tarde- a un anciano jubilado que, mientras buscaba frambuesas y arándanos en torno al Grünewaldsee, fue víctima de un infarto cuando se encontró frente a dos desnudas ninfas del bosque. Tal vez la suya fue una muerte feliz.

Antes de la oleada de calor, sólo en Berlín -y sólo en las orillas del Grünewaldsee-, los nudistas estaban oficialmente autorizados para tumbarse al sol sin ropa alguna. Más tarde conquistaron el derecho a permanecer desnudos incluso en las dos grandes terrazas del establecimiento para baños de Wannsee, que puede acoger hasta ochenta mil personas. Y en Julio de 1976, cuando el termómetro subió hasta los 32 grados, los nudistas invadieron los restantes parques de la ciudad, sin ser jamás molestados por la Policía, sin que protestase ningún ciudadano, sin que ningún párroco pidiese la intervención de las autoridades. Y su ejemplo fue imitado inmediatamente en muchas otras ciudades, desde Hamburgo hasta Francfort, desde Colonia hasta Düsseldorf.

Cuando hablo de “nudistas” no aludo a los 700.000 miembros del Deutscher Verband für Freikörperkultur, que dispone de muchos centenares de piscinas, de parques y de pequeños lagos bien amurallados -y, por tanto, sustraídos a la vista de los transeúntes- y que llevan su piel desnuda de la misma forma que un soldado lleva el uniforme. Y se trata de nudistas que, a menudo, son también naturistas, o sea, que rechazan la carne, las bebidas alcohólicas y los cosméticos.

No, esta vez hablo de personas que anteriormente jamás habrían pensado en liberarse, en la ciudad, de toda la ropa, pero que permanecieron luego (felizmente) víctimas de la oleada de calor que desencadenó una oleada de nudismo, en las ciudades y fuera de las mismas.

(Durante una transmisión reservada a los automovilistas, la radio anunció: “¡Atención! En la carretera que lleva al lago de Kies se ha de marchar al paso de hombre, porque, a causa de la presencia de centenares de nudistas a orillas del lago y en los bosques cercanos, se ha formado una caravana de coches a lo largo de nueve kilómetros”).

También a lo largo de las orillas del Isar, el río que baña la más católica y puritana región alemana -Baviera-, los nudistas se contaban a centenares. Y en los parques de Berlín, de Hamburgo y de Francfort se vieron ninfas y sátiros desnudos. A pocas decenas de metros de la Kúrfirstendamm, la más famosa calle de Berlín, secretarias y mecanógrafas tomaban el sol “como su madre las había traído al mundo”, antes de regresar a la oficina. O bien jugaban -siempre desnudas- a la pelota y se zambullían en las aguas del vecino lago de Halensee. Y jamás la Policía pensó en intervenir. Una sola vez, un policía puso una multa a una muchacha desnuda… porque se había metido en el agua en compañía de su perro. En esta zona -dijo el policía-, los perros no tienen permiso para bañarse.

También en el Ayuntamiento se habló de los nudistas, cuando un celoso consejero de la CDE (la Unión Democristiana), preguntó al asesor, Harald Frisch, socialdemócrata, qué pretendía hacer para impedir la invasión de nudistas. No creo que los nudistas escandalicen. Todos estamos ya acostumbrados a ver personas desnudas -respondió el asesor. Y añadió:- Pero es necesario preocuparse de los problemas de la higiene pública. Para eso he ordenado que se instale un Toilettenwagen -especie de furgoncillo en el que hay pequeños laboratorios químicos- en todas las zonas frecuentadas por los nudistas.

Pero, ¿es realmente cierto que los nudistas no escandalizan ya? ¿Es o no cierto que el nudismo frena el erotismo? ¿Se han de clasificar los nudistas en la categoría de los exhibicionistas, o en la de los voyeuristas, es decir, de los mirones? ¿O se trata en realidad de personas que pueden mostrarse desnudas -y pueden permanecer en compañía de otras personas desnudas- sin reparar siquiera en que están desnudas, o sea, con la mayor indiferencia? Cada psicólogo, cada sexólogo, da una respuesta distinta a estos interrogantes, excepción hecha del exhibicionismo. Todo los expertos están de acuerdo en decir que los nudistas no son -no pueden ser- exhibicionistas.

La razón es bien sencilla: el maníaco de exhibicionismo -que siempre es un hombre (las mujeres raramente son dominadas por manías sexuales), y que no es un ser peligroso (el exhibicionista no se hace casi nunca culpable de actos de violencia; más aún, está pronto a huir si una mujer trata de estimularlo)-, el maníaco del exhibicionismo -digo- puede gozar de su solitario placer sólo a condición de sentirse distinto de los otros seres humanos. Y sabe que puede llegar a este placer -el cual consiste en escandalizar a una mujer o a un niño- sólo en un lugar en que todas las demás personas (incluida su víctima) estén vestidas. Pero, ¿cómo se las arregla un exhibicionista para exhibirse en una playa frecuentada por naturistas, donde todos están desnudos? No hay shock, no hay placer. ¿Qué gusto podría sentir un exhibicionista en un hotel -como el “Punta Skala”, en Dalmacia (el primer hotel reservado a los naturistas)-, donde todos los huéspedes se pasean desnudos por los pasillos y, sin ropa alguna puesta, entran en el restaurante o en las salas de juego? Como máximo, el exhibicionista debería esperar el paso de una de las camareras, las únicas mujeres vestidas que circulan por el hotel. Pero ni siquiera en este caso podría experimentar placer, porque sabría muy bien que las camareras de “Punta Skala” ven a cada momento centenares de clientes desnudos. (Lema del hotel: “Aquí el traje de sociedad consiste en vuestra piel”).

No, los naturistas no son exhibicionistas. Y, a menudo, ni siquiera voyeuristas. Por otra parte, el voyeurista, el Peeping Tom tiene necesidad de una atmósfera particular para llegar al placer. Las reglas de su juego imponen que la mujer a la que el voyeurista quiere admirar no se dé cuenta de las indiscretas miradas.

Segunda regla: la mujer que se trata de admirar no debe estar ya desnuda, sino ser sorprendida mientras se está desnudando.

Tercera regla: el voyeurista, el verdadero maníaco, quiere estar solo mientras trata de forzar la intimidad de una mujer. O sea, que desaparecería el placer si hubiese de compartir es espectáculo con un amigo.

Y está bien claro que estas reglas no pueden aplicarse en una playa de nudistas, donde todas las mujeres saben que exponen su cuerpo a las miradas de todos los hombres; donde las mujeres llegan ya casi desnudas, con un vestido ligero sobre las bragas de las que se liberan en pocos segundos (y no con la lentitud que hace fascinantes los espectáculos de destape) y donde el voyeurista sabe que hay otras decenas y centenas de hombres que, junto con él, podrían permanecer contemplando a la misma mujer desnuda.

Desde luego, también en Sylt, hay algún voyeurista. Pero se trata de mirones de otro tipo, que no se contentan con clavar la vista (a menudo, a través de los gemelos) sobre las muchachas desnudas que juegan a bochas o a tenis de playa en la arena. No; aquí, los mirones -llamados Späher (nombre dado a los soldados que marchan en reconocimiento por territorio enemigo)- tratan de sorprender a las parejitas que hacen el amor entre las dunas que flanquean las playas. Por lo general, el Späher se encarama a una duna muy elevada, como un buitre que desde su alto lugar quisiera seguir los movimientos de los animales a los que luego dará caza, y sigue con la mirada a las parejas que van a buscar refugio en las cunetas entre las dunas. En tales cunetas -las Kulen- suelen resguardarse las personas contra el violento viento del Noroeste que barre las playas de la isla. Pero hay también quienes buscan una Kule para gozar de la compañía de una mujer al reparo de las miradas indiscretas.

Y como quiera que las Kulen son a menudo tan profundas como fosas y están circuidas por las altas hierbas que cubren las dunas, ocurre a menudo que se encuentra uno ante sí a una pareja haciendo el amor. La buena educación exige que se continúe el paseo fingiendo no haberse dado cuenta de la actividad de la pereja. Por lo demás, muchas parejas no se dejan perturbar por el paso de extraños y no interrumpen sus movimientos, no ponen freno a sus suspiros. Más aún, a veces se sospecha que algunas parejas van a hacer el amor en las Kulen más cercanas a los senderos, precisamente porque esperan que pase alguna persona, a cuyas miradas quieren ofrecer su gimnasia amorosa.

Tales parejas -y aquí sí que puede hablarse de exhibicionistas- están dispuestas a hacerse admirar incluso por los Späher, o sea, por los voyeuristas profesionales. Pero se pregunta uno si un verdadero voyeurista experimenta placer cuando sigue la actividad erótica de un exhibicionista. Se puede dudar de ello.

En consecuencia, resulta fácil imaginar que un voyeurista, si es un auténtico maníaco sexual, pueda no querer secundar los deseos de las parejas que van a hacer el amor entre las dunas -especialmente en la playa llamada “Samoa”, con la esperanza de ser “sorprendidos” por los transeúntes.

Desde luego, tanto en Sylt como en las otras islas frecuentadas por los nudistas no faltan los voyeuristas. Así, el domingo llegan de tierra firme muchos excursionistas que, sin desnudarse, se ponen a pasear a lo largo del Kliff de Wennigstedt, otro pueblo de la isla de Sylt. Desde lo alto de este bastión de arena es posible ver la playa reservada a los nudistas. Y los excursionistas domingueros dirigen sus miradas a los naturistas casi con la misma inocente curiosidad con que admirarían a los animales exóticos en el parque zoológico.

También hay voyeuristas en las playas. Por lo general, se trata de hombres ya maduros, quienes esperan la llegada de las muchachas, muy jóvenes, para admirarlas en el momento -y sólo en aquel momento- en que las “Lolitas” se desnudan. Pero si todo hombre es un poco mirón, ¿por qué habrían de faltar los mirones también entre los nudistas? Sin embargo -como dijo Norman Mailer- “un hombre, tras haber contemplado largamente el cuerpo de una mujer, siente placer sólo al admirar sus ojos”. La misma sensación experimenta el que pasea por una playa de nudistas. Al cabo de unos minutos, olvida que está desnudo y se acostumbra a ver pasar a centenares de mujeres desnudas -en Sylt hay cuarenta kilómetros de playas y decenas de millares de nudistas-, tanto, que deja de centrar su mirada en el cuerpo, para fijar la atención en la cara.

En realidad no es emocionante ver a una mujer desnudarse en una playa de nudistas. Pero un hombre puede excitarse al ver en una ala de baile a una mujer -naturalmente, vestida- ha la que ha visto ya desnuda en la playa.

(Hablo siempre de hombres, porque las mujeres no se excitan al ver a un hombre desnudo. ¿Quién ha oído hablar alguna vez de mujeres que miren por el ojo de la cerradura a un hombre que se desnuda? Sin embargo, hay una parte del cuerpo masculino que casi todas las mujeres, en las playas nudistas, observan con atención).

He dicho que quien frecuenta una playa de nudistas se olvida de que está desnudo, lo cual es un bien para él (o para ella), pero a menudo, un mal para los demás. En efecto, en la playa se ven a menudo hombres y mujeres que necesitarían bañador, y no por pudor, sino para ocultar sus deformidades físicas. Se ven mujeres gordas, hombres viejos y barrigudos, mutilados, jorobados, personas todas en las cuales la desnudez acentúa los defectos físicos. De aquí que los “textiles” pregunten a menudo a los nudistas:

Pero, ¿cómo pueden ustedes frecuentar una playa en la que se ve tanta gente fea, tanta gente obscenamente desnuda en su fealdad?

El verdadero naturista no tiene dificultad alguna en responder:

¿Y por qué una playa de nudistas habría de estar reservada exclusivamente a personas bien hechas? ¿Por qué un hombre maduro o una mujer gorda no pueden abandonarse a los goces del naturismo? Para nosotros, los nudistas, no hay personas desnudas, sino sólo personas que han renunciado a vestirse; Dios nos creó desnudos y desnudos queremos permanecer: abuelos y nietos, mujeres y maridos, amigos y amigas.

O bien, si se trata de un naturista esteta, responderá:

Desde luego, también en nuestras playas se encuentra gente no de muy buen ver. Y es cierto que la desnudez hace en ocasiones menos soportables a la vista algunos defectos físicos. Pero el que pasea por la playa concentra su atención sobre las personas que le parecen interesantes, y casi no ve a las demás. Es el mismo fenómeno del joven que en una plaza en la que hubiese mil personas, descubriera a una muchacha muy bella. Y si alguien le preguntase: “¿Eran guapas o feas las otras personas que se encontraban en la plaza?”, el joven respondiera, con toda sinceridad: “¿Qué personas? Yo vi sólo a aquella muchacha”.

También Sylt tiene sus viciosos; también Sylt tiene sus “papagayos”, que van a la caza de muchachas o, como se dice por aquí, “tratan de morder a una cigüeñita”. Y, ¿por qué no habría de ser así? Porque también los nudistas son seres humanos. De aquí que no pueda aceptarse la tesis de Paul Leyhausen, según el cual no existiría casi ningún problema sexual si todos los hombres y todas las mujeres practicasen el nudismo. No es así. El nudismo no estimula ni frena las pasiones humanas. O, por mejor decirlo, las frena en algunos individuos y las estimula en otros. Después de un día pasado en la playa batida por el viento, hay quien vuelve a casa pensando sólo en un grog y en la chimenea encendida. Y hay quien, tras haber visto a cientos y cientos de muchachas desnudas, estaría dispuesto a seducir hasta a la cincuentona camarera en su hotel.

Así pues, algunos sostienen que el nudismo es una cosa natural, porque ninguno de nosotros ha venido al mundo vestido. Pero no es así. Se nace desnudo, pero se convierte uno en nudista. Y -excepción hecha de los hijos de los nudistas, que desde los primeros años de su vida se han acostumbrado a ver sin ropa alguna a sus padres y a los amigos de los padres- quien, de adulto, se pasea por primera vez a lo largo de una playa completamente desnudo y entre personas desnudas, no creemos que lo pase muy bien. Ya las mujeres empiezan a avergonzarse en el momento en que por primera vez se desnudan ante personas extrañas; y la turbación es aún mayor si han de desnudarse en presencia del marido y de sus amigos.

(A propósito: ¿quién sabría decirme por qué las mujeres se quitan primero las bragas y luego los sostenes, incluso en su casa, o bien se ponen primero los sostenes y luego las bragas? Por tanto, quedan durante unos segundos downless, o sea, desnudas desde los pies hasta más arriba del ombligo, es decir, “tapadas” sólo con los sostenes).

Ahora bien, si una mujer topless, o sea, con los senos desnudos, puede resultar estéticamente aceptable, es indiscutible que carece de gracia, más aún, que queda ridícula la mujer “vestida” únicamente con sostenes.

Más ridículos aún resultan los hombres que, en las playas de Sylt, van por ahí dando vueltas vestidos sólo con un jersey, ya porque haga frío, ya porque tengan la espalda quemada por el sol. Asistí a un partido de tenis de playa disputado por jóvenes, casi todos los cuales llevaban sólo un pullóver; y parecía una escena tomada de una película cómica. Por el contrario, hay que ser indulgentes con los hombres -en especial, con los jóvenes- que llevan bañador en las playas nudistas. A veces se ven obligados a llevarlo para no mostrar sus… sentimientos. Pero hay también algunos hombres que no se avergüenzan de ello. Y vi a un jovenzuelo que caminaba exhibiendo su entusiasmo con gran naturalidad (y con alegre maravilla por parte de las mujeres con las que se encontró durante el paseo a lo largo de la playa).

De otro modo, en las playas nudistas no son bien miradas las personas vestidas, aunque no se vea ya -como ocurría en otro tiempo- que las arrojen al agua. (Pero siempre corre el riesgo de ir a parar vestido al agua quien es sorprendido tomando secretamente fotografías de los nudistas). Y es tolerado que las mujeres lleven sutiles hilitos de oro o de plata en torno al vientre, lo cual, según algunos, tendrían un particular significado. El hilo de oro significaría: “no soy libre”; y el de plata “estoy disponible”. Pero yo creo que se trata de una leyenda.

En las playas de Sylt pueden ir vestidos sólo los vendedores de helados -hombres todos ya maduros-, así como los socorristas, los cuales -ignoro por qué- toman el sol desnudos durante los turnos de descanso, mientras que llevan bañador -aún estando rodeados de personas desnudas- cuando están de servicio. Y el servicio consiste en vigilar con los gemelos a los bañistas en los días de marejada. En estos días -numerosos-, los socorristas levantan un baloncito en un asta para significar que es peligroso bañarse. Si, por el contrario, levantan dos baloncitos, significa que está prohibido bañarse. Y los alemanes, siempre respetuosos de los Verboten, aún cuando estén desnudos, se guardan muy bien de meterse en el agua.

Hace treinta años, Sylt tenía sólo un par de hoteles y era frecuentada por muy pocos turistas. Ahora tiene centenares de hoteles y casas de apartamentos. Sin embargo, el que en Julio y Agosto llega sin reserva, puede estar seguro de que habrá de pasar la noche en la playa, a menos que prefiera -y hablo de una experiencia personal- regresar a tierra firme. El éxito turístico, que ha enriquecido a los habitantes de la isla, se debe, indudablemente, a la decisión de abrir oficialmente las playas a los naturistas, o sea, de transformar el nudismo en industria. El ejemplo dado por Sylt ha sido seguido por los burgomaestres de casi todos los lugares de veraneo alemanes en el Mar del Norte y en el Báltico: no hay playa que no tenga una zona reservada a los nudistas. Hasta en Helgoland -minúscula y rocosa isla-, algunas decenas de metros cuadrados han sido puestas a disposición de los nudistas. También algunos países -Holanda, Francia y Yugoslavia, oficialmente, y Grecia, no oficialmente- han comprendido la importancia del nudismo como atracción turística.

Actualmente la industria del nudismo pone en movimiento centenares de millones de pesetas. Es una industria que organiza cruceros para nudistas; que ofrece en venta -como ocurre en Francia- villas y apartamentos reservados a los nudistas; que abre supermercados en los pueblos de los naturistas, donde los clientes van a hacer sus compras vestidos como Adán y Eva. Hay bares para los clientes que quieren tomar el aperitivo sin ropa alguna puesta; hay estadios y piscinas para quienes odian el traje de baño y hay saunas en las que los hombres y las mujeres disfrutan -vestidos sólo de sudor- los goces del baño de vapor. Hay peluqueros que ruegan a las clientes se pongan una toalla bajo las desnudas posaderas, antes de meter la cabeza bajo el casco. Hay hoteles -en Francia y Yugoslavia- en los que las personas se visten sólo para ir a cenar. Hay salas de billar en las que los jugadores van más desnudos que las bolas. Hay pistas de go-karts frecuentadas por adolescentes de ambos sexos, que suben a los coches tal como su madre los trajo al mundo.

Son locuras que escandalizan a unos y hacen sonreír a otros. Pero no sonríen ni se escandalizan los sociólogos, quienes ven en la avasalladora pasión por el nudismo un fenómeno de costumbre más interesante aún que el triunfo de la pornografía. Y, sin duda, no se escandalizan los comerciantes, los hoteleros, los contratistas de obras y los burgomaestres de los lugares de veraneo, respecto a los cuales se ha comprendido que es posible aumentar rápidamente los ingresos abriendo a los naturistas las playas del mar o de los lagos. (Se dice que las calles de Sylt han sido asfaltadas con la desnuda piel de los naturistas).

¿Qué industrial, qué compañías de viaje, qué funcionario de entidad turística puede permitirse ignorar un mercado que en Europa tiene diez millones de clientes? Muchas de estas personas gastan su dinero sólo en los lugares en los que pueden broncearse integralmente. Quien les ofrece esta posibilidad, puede vender fácilmente casas y terrenos edificables, reservas en barcos que realizan cruceros, y camas en los hoteles, comidas y bebidas, servicios y diversiones. Y no es necesario gastar ni un solo céntimo en publicidad. Ésta se va haciendo de boca en boca, ya que los nudistas constituyen una confraternidad internacional: la gran “masonería” del topless y del downless, del “encima, nada; y debajo, tampoco”.

El topless se ha impuesto ya, y el nudismo integral -el cerokini- se está imponiendo. En otro tiempo sorprendían en Niza las estrellas de cine que durante el festival se dejaban fotografiar con las mamas al aire. Hoy, en la misma ciudad, es posible ver -hasta por la Promenade des Anglais- numerosas bañistas sin sostenes.

“Dicen que quiero transformar mi ciudad en una nueva Las Vegas, con diversiones de toda índole, tolerando incluso un poco de nudismo. Bien, y ¿por qué no?”, ha declarado el alcalde de Niza.

Más explícito aún ha sido el alcalde de Saint-Raphaël, quien ha dicho: “No soy un père-le-pudeur ni me escandalizo fácilmente. Sean bienvenidas a nuestras playas las muchachas con los pechos al aire, a condición de que los senos miren hacia arriba y no hacia abajo”.

En Saint-Tropez, durante el verano de 1974, el jefe de la Policía organizó una brigada antinudista cuyos agentes, disfrazados a veces de pescadores submarinos, daban caza despiadada a los naturistas en las playas de Pampelonne y de Kon-Tiki. En 1975 fue disuelta la brigada antinudista, y los gendarmes recibieron la orden de no molestar a los naturistas. Más aún, se reservaron tres playas de Saint-Tropez para las personas que se niegan a ponerse el bañador. Pero el alcalde quiso tranquilizar su conciencia, y sobre las calles que conducen a tales playas hizo poner unos carteles que decían: “¡Atención, nudistas!”.

¿Espíritu de reforma ese del que han dado muestras los burgomaestres de las ciudades yugoslavas y francesas, holandesas y alemanas? ¿Repentina apertura a las nuevas exigencias sociales? No; se trata solamente de episodios de guerra turística, o sea, de guerra comercial. Los alcaldes temen que disminuya el número de turistas si se prohíbe el nudismo; y un alcalde que haga disminuir el volumen de negocios de sus conciudadanos, no tiene muchas posibilidades de ser reelegido.

Por otra parte, después de lo que ocurrió en Francia, en Cap d´Agde, ¿quién puede aún dudar de que el nudismo pueda dar un gigantesco impulso al turismo? donde, en los contratos de venta (o de alquiler) de las casas y de los apartamentos se incluye siempre la cláusula que permite la rescisión del contrato si el comprador -o el arrendatario- tuviese que demostrar que es “textil”, o sea, un no-nudista.

En verano, 160.000 nudistas se dan cita en Cap d´Agde -siempre vestidos con nada encima y nada abajo- y llenan los comercios y supermercados, van a las barberías y peluquerías, dan paseos a pie o en motocicleta, atraviesan la ciudad en autobús o en bicicleta (desnudos al volante, desnudos en los asientos de los autobuses, desnudos sobre el sillín de las bicicletas, suponemos que esto último no debe ser muy agradable). Desnudos van a lavar la ropa a la lavandería a chorro de Port Nature (pero se sospecha que van raramente ya que no tienen muchas ocasiones de ensuciar la ropa), y desnudos pasean por las calles de Heliópolis. Y, siempre desnudos, entran en los bancos, en los que, sin embargo, los empleados están vestidos, ya que aún no se han contagiado del naturismo, como ha ocurrido con algunos comerciantes y alguna que otra dependienta del supermercado, que sirven, desnudos, a los clientes desnudos.

Nudité intégrale obligatoire, dice un cartel a la entrada de la ciudad de los nudistas. Se hace excepción para la iglesia y para los locales nocturnos, donde hay que estar vestidos. Por el contrario, se puede entrar desnudo en los restaurantes, en los que se abrochan los sostenes sólo las mujeres que tienen miedo de que los pechos se les caigan al plato. Que sonría y se escandalice quien quiera. Los que no sonríen son los constructores de apartamentos de otras ciudades al enterarse de que en Cap d´Agde hay reservas hasta para apartamentos no proyectados aún, y que las 120 hectáreas de terreno puesto a disposición en 1973 para la construcción de casas para naturistas, fueron elevadas a 300 en 1976. Y es tan estrepitoso el éxito de otro pueblo para nudistas, el de Saint-Ange, a unos 150 kilómetros de París, que los organizadores se han visto obligados a proyectar otros quince pueblos para hospedar a 800 familias de naturistas en otros tantos apartamentos.

“Resulta difícil ser nudistas durante doce meses al año, pero yo quiero hacerlo posible”, afirma Jean Fourquet, propietario del club naturista “Etangs de Saint-Ange”, donde se han contruido algunas decenas de apartamentos en torno a dos piscinas: la una, cubierta, y la otra, descubierta. Además, los naturistas tienen a su disposición una gigantesca sala de estar con cúpula de plástico, donde pueden jugar a las cartas y al ping-pong, enfrentarse, en torneos de billar o ver los programas de televisión, sin ponerse siquiera una hoja de parra.

Sin embargo, en Francia los socios de los círculos naturistas son apenas 100.000 (pero el número de los nudistas “no oficiales” es superior al millón), mientras que en Alemania los nudistas -socios o no de círculos para naturistas- son, como ya hemos dicho, ocho millones. Esto da una idea de los miles de millones que puede triturar la industria del nudismo, organizando incluso cruceros para nudistas por el Caribe, donde se puede pasar -desnudo- la Navidad al sol. Hay cruceros que llevan a los nudistas a Río de Janeiro para el carnaval, con etapas en Santa Lucía, Trinidad y San Salvador. Incluso en la isla de Guadalupe y hasta en las Seychelles hay plazas reservadas a los nudistas. Más aún, una isla de las Seychelles ha sido comprada por un círculo alemán de naturistas.

Van levantándose hoteles para nudistas no sólo en Francia y Yugoslavia, sino también en Alemania, donde el “Hotel Apostelhof”, de Bacharach, en el Rin, pone la piscina a disposición de los naturistas. Y está reservado a los nudistas el castillo-hotel de Naumburg (40 camas, 108.000 metros cuadrados de parque, piscina, campo de bochas, equitación y minigolf).

En Alemania hay 20 campings para nudistas, quienes llegan con sus roulottes y caravans. Y precisamente mientras escribo estas líneas, me entero de que en Port-Leucate, en el Languedoc, a unos treinta kilómetros al noroeste de Perpiñán, se ha inaugurado el mayor “centro nudista” de Europa, con 45 hectáreas de parque y playa en torno al lago de Salses. Está dividido en dos núcleos de población: “Clun Nature Ulysse” y “Aphrodite”, y dispone, además, de un camping donde pueden aparcar 200 roulottes, y se halla a punto un hotel con 40 habitaciones y piscina. Además, los nudistas tienen a su disposición un supermercado, un restaurante, una discoteca, una escuela de vela, otra de pesca submarina, un campo de voleibol, dos campos de tenis y dos de petanca. Asimismo, están en construcción 30 villas de 572 bungalows. También se halla en construcción un puerto turístico, que podrá acoger 227 yates. Y habrá un campo de juegos para niños, que serán vigilados por dos niñeras diplomadas. Por supuesto, desnudas.

Fuente: Libro: Las mecas del pecado (fragmento). Colección La vuelta al Mundo en ochenta libros. Editorial Plaza & Janés S.A. 1977. Autor: Enrico Altavilla.

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